Oscar Müller Creel

  • Oscar Müller Creel
    Oscar Müller es Doctor en Derecho y tiene el grado de Maestro en Administración de Justicia y candidato a maestro en periodismo. Es originario de la ciudad de Chihuahua, México. Es colaborador en Radio Claret América de  Chicago Illinois, en temas de Derechos Humanos y Administración de Justicia y sus columnas de opinión se han publicado en el periódico Hoy del grupo Tribune Publishing Company de Chicago Illinois EUA, la cadena noticiosa Hispanic Digital Network de CISION, así como en el Heraldo de Chihuahua del grupo Organización Editorial Mexicana. Ha escrito libros sobre Derechos Humanos y Ética del Abogado, así como artículos científicos en Universidades de México, Colombia y España. Correo: [email protected]
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El Zócalo Máximo

El emperador Domiciano apareció en la gradería que se había construido sobre el Monte Palatino, como parte de aquella gran estructura. Hacía unas cuantas semanas que había llegado del norte donde había logrado una victoria pírrica contra las tribus germánicas, pero eso el pueblo que se encontraba esa tarde en el circo, no lo sabía y más de trescientas mil gargantas gritaban con arrebato ¡¡germanicus, germanicus!!, apelativo que loaba sus triunfos en el lejano Rin. El tiempo demostraría que tal victoria no fue mas que una escaramuza que, antes que asegurar las fronteras del gran imperio romano, había enardecido a los germanos y las legiones que resguardaban la frontera sufrían continuos ataques que ponían en riesgo al imperio. Pero en ese momento el emperador se envanecía con el reconocimiento del populacho; que hacía poco tiempo había observado como los carros impulsados por cuatro caballos cada uno, habían salido al abrirse los arrancaderos ubicados en la Porta Triumphalis y en el ímpetu y la velocidad uno de ellos,  al tratar de dar la vuelta había golpeado la spina y el carro había volteado, arrastrando consigo al auriga que fue golpeando contra el muro hasta quedar hecho una masas sanguinolenta y dos vueltas después dos aurigas, en su afán de tomar la parte curva del recorrido lo más cerca al muro, habían trabado sus carros, con consecuencias similares. En las graderías altas, destinadas a la clase baja, la multitud gritaba de placer cada vez que sucedía un incidente en la carrera, mientras los agiles jóvenes contratados por los panaderos, se movían entre las graderías repartiendo pan entre la gente que podía durar horas enteras en sus lugares disfrutando del alimento y el espectáculo gratuitos, situación que provocaba aún más las alabanzas al emperador y los miembros de las familias patricias que habían financiado aquella fiesta popular. Eran tiempos de un imperio en los que el culto a la persona era lo que más interesaba a aquellos que querían llegar al poder, su fuerza militar y las guerras intestinas contra sus enemigos, en un principio y después la designación de su sucesor, por el propio emperador, era la forma como se decidía quien regiría en ese enorme imperio. Los tiempos de la república en que Roma estaba gobernada por un Senado y no por una sola persona, habían quedado atrás y esta nueva forma de gobierno y los conflictos de poder que de ella derivaban fue marcando el inicio de la caída del que haya sido muy posiblemente el imperio más grande que existió en el mundo antiguo. En este sistema el culto a la persona era fundamental para acceder y preservarse en el poder y quienes aspiraban a este buscaban la aprobación del pueblo sin importar las consecuencias y una forma de lograrlo era creando espectáculos gratuitos y regalando alimento y el Circo Máximo era la herramienta perfecta para eso. De ahí viene la expresión “Al pueblo, pan y circo” ¿Le suena conocido a mi estimado lector? Es evidente que quienes vivimos algunas décadas del siglo pasado, conocimos esas prácticas tan comunes: el informe suntuoso frente al congreso cada inicio del primer período ordinario y los festejos populares con música de artistas de moda que atraían a multitudes que recibían torta y refresco, aplicando cabalmente la máxima política de pan y circo Claro, eran los tiempos que el hoy vituperado y casi extinto PRI, estaba en plenitud de su poder. Entonces, cada seis años, el presidente en turno, cual, si fuera un emperador romano, determinaba quien sería su sucesor y los ciudadanos poca intervención teníamos para decidir en los importantes temas del país. Aunque me queda la duda si esos tiempos están volviendo, porque este primero de diciembre pasado acabamos de ver un claro ejemplo de la vuelta del imperio a nuestro México, en la plaza conocida como el Zócalo de la capital de la republica el culto a la persona renació como en los brillantes tiempos del priismo y no faltaron él palacio, las tortas ni la fiesta popular con música y espectáculos que provocaban las alabanzas y loas al ocupante de la Gran Silla como en los viejos tiempos del poder del PRI, hasta se pudo observar, frente al templete donde se desarrolló el espectáculo la hileras de bancos para aquellos que se encuentran a la sombra del hombre en el poder que, al igual que el pueblo atrás de ellos y de píe, gritaban consignas preparadas para satisfacer la sed de admiración y adulación del ¿emperador? Ya me confundí en los tiempos, mejor dejo de escribir, feliz domingo.